12 febrero, 2009

El teatro Drag es un arte

Daniel Moreno está a cargo del Teatro Drag Dionisios que entrega diversión a quienes los visitan, sin importar la tendencia sexual.
“El nombre del bar fue una creación de mi novio Manuel y mío, en un comienzo se iba a llamar Collage porque teníamos muchas fotos y nació como una café bar, pero ahora con el tiempo lo hemos cambiado a café teatro por la actividad”




Daniel prefiere utilizar maquillaje grueso que sirve para afinar las facciones y definirlas, la nueva tendencia drag fashion se encarga de acentuar un lado más femenino.





“Mi vestuario es estrambótico y con maquillaje exagerado, en esta temporada prefiero utilizar colores chillones, me gusta trabajar con terciopelo y telas satinadas”
Daniel Moreno





“Desde que me puse el Dionisios me dedique al 100 por ciento y puse a prueba todas mis habilidades y mis conocimientos”
Su experiencia y años de trayectoria lo han convertido en el mejor exponente drag del Ecuador.

Una noche de emergencia


El frío de Quito no fue el impedimento para que Luis Panamá, conductor de la Cruz Roja; Edwin Dávila y Diego Valencia, paramédicos de la misma Institución, cumplan con el turno de 12 horas del pasado 16 de enero, que se inició a partir de las 19:00.

Empezando la noche
Luis y Edwin fueron los primeros en llegar y alistar la que sería su cama en esa noche de trabajo, las camas de hierro que con el pasar de los años se oxidan fueron cubiertas con delgadas mantas de lana que los abrigaban hasta recibir la primera llamada de emergencia de la central de la Cruz Roja.
Una vez preparados con sus equipos, a las 20:15, dieron el primer dato a la central informando que irían a llenar de combustible la ambulancia, en medio de la lluvia que cubrió la capital, después de cumplir su primera labor, se dirigieron a buscar a su tercer compañero: Diego, que se encontraba cerca de un local de comida rápida en el norte de la ciudad, así que decidieron matar dos pájaros de un tiro, al comprar la cena de aquella noche.
Con fundas llenas de comida se dispusieron a volver a la central cuando luego de 5 minutos de camino recibieron la alerta de un accidente de tránsito en la calle Necochea, al sur de Quito, y al confirmar la presencia de un herido, Diego encendió la sirena, que ayudó a despejar las calles que los llevarían hasta la víctima.
Al llegar, familiares y curiosos que se encontraban cerca del herido agitaban sus brazos para llamar su atención, Diego y Edwin, bajándose de la ambulancia que seguía en movimiento, corrieron para revisar a la víctima de 42 años, que presentó un rasgamiento en su córnea e iris además de un traumatismo es su cráneo.
En medio de los gritos de la esposa del herido, Diego condujo la camilla hasta la ambulancia para llevar al accidentado hacia el hospital más cercano.
El olor a papas fritas y a sablón, sustancia utilizada para desinfectar, se mezclaba en el interior de la ambulancia que a gran velocidad esquivaba automóviles para llegar al Hospital Villaflora, cuando a las 21:47, el despiste de un conductor provocó el choque de la ambulancia con el pequeño auto, sin dudarlo, Luis continuó con la travesía hasta llegar al Hospital.

Entre falsas alarmas
El reloj marcó las 23:47. Sin quitarse los zapatos y overoles, los tres paramédicos decidieron descansar mientras comían las papas ambientadas al frío de Quito. Discutiendo de los informes que debían realizar el lunes de a poco se cerraban sus ojos.
Una hora después, entre ronquidos, Diego escuchó a lo lejos la radio que daba el aviso de un volcamiento en el sector de El Trébol, despertando a sus compañeros, corrieron hasta la ambulancia.
Como si estuviesen en una Montaña Rusa, el estómago de Edwin se movía con mariposas cada vez que Luis aceleraba al bajar un puente a desnivel, al llegar al lugar del accidente, no encontraron más que un automóvil volcado en la cuneta sin su conductor que se había dado a la fuga minutos antes.
Al intentar comunicarse con la central recibieron otra alarma de volcamiento en la Autopista General Rumiñahui, cuando llegaron se encontraron con el mismo caso anterior.

“Diego queremos dormir”
A Diego lo conocen como el pecador, por el conocido dicho: Pagan justos por pecadores. “Siempre que trabaja Diego se viene la ciudad abajo no se por qué le deje subir en mi turno a la ambulancia”, dijo Edwin en medio de bostezos y risas que amenizaba su regreso a la Institución.
“Bonita noche, falta una llamada y ya” comentó Diego al acomodarse en su cama. A las 02:28 la radio se volvió a escuchar esta vez fue el atropellamiento de un joven en la avenida Orellana y Amazonas, la sirena de la ambulancia parecía no incomodar a sus pasajeros por la costumbre de convivir con ella.
Una vez que llegaron hasta el joven atendieron la fractura de su pierna y confirmando que hospital tenía cabida, arrancaron.
Dejando a salvo al herido regresaron una vez más a la Cruz Roja a las 03:40, hora en la que Luis, Diego y Edwin cerraron sus ojos junto con la ciudad que también se dispuso a descansar.

El infierno es de color amarillo

La mañana de cielo celeste, fue la perfecta excusa para que Cristina Flores se vista con una de sus blusas favoritas para el sol, el mismo que inundaba la capital de la República a las 08:00.

Cristina es usuaria frecuente del transporte público, sobre todo del Metro bus que se dirige por el corredor central a ambos extremos de la ciudad, de la estación norte de la Ofelia hasta el centro-sur, en el Playón de la Marín.

“Todo parecía perfecto, en la parada de bus no había gente y yo fui la primera en la fila”, decía mientras buscaba un lugar seguro en el que no le empujen los demás pasajeros al entrar y al salir del Metro bus.

“El primer bus que vino estaba tan lleno que decidí esperar al siguiente, que se lo veía venir desde unas cuantas cuadras atrás”. Al llegar el medio de transporte tan anhelado, no sólo por Cristina, sino por otros pasajeros más, sus rostros se transformaron como si estuviesen observando una película de terror, el conformismo de saber que tal vez la siguiente unidad llegaría en las mismas condiciones, hizo que decidieran entrar.

Como en lata de sardinas, todos los pasajeros iban rectos y pegados muy cerca unos de otros, sólo se escuchaba las quejas al suplicar que no entren más, pero era imposible, Cristina estaba sobre tiempo para llegar a su lugar de trabajo en el centro histórico.

El bus largo que en horas pico alberga una centena de pasajeros, viajaba por el corredor central, como el carro que divierte a los niños en los fines de semana, llamado el gusanito, que se menea sin cesar en cada curva.

Estas unidades de transporte, corresponden a empresas independientes como Mitad del Mundo, Compañía Pichincha, Tesur, entre otros. Los mismos que prestan este servicio en el corredor central Metro Q, que tienen integración con la Ecovía y el Trolebus, transporte propio del Municipio de Quito.

Por el micrófono se comunicaba el chofer, Jaime Ródas, recordando a los usuarios que cuiden sus pertenencias y que anticipen sus paradas para poder salir de la unidad transporte. Las personas de tercera edad que ingresaban eran uno más del grupo, ya que jóvenes al verlos desviaban sus miradas hacia la ventana o a sus celulares sin tener la mayor intención de ceder los puestos.

La luz del sol, enceguecedora para quienes estaban en el lado izquierdo del bus, hacía que se acreciente su desesperación al abrir las ventanas de par en par, “el infierno es de color amarillo”, dijo Cristina, que parecía estar incómoda con su blusa favorita, ya que apenas recibía una leve brisa hasta donde estaba sentada.

El tiempo estimado entre estaciones es de 30 minutos, lo cual lo convierte en uno de los medios de transporte más rápido y en uno de los que brindan el peor servicio en la corporación de transporte y vialidad del municipal. Cristina luego de haber arribado a la estación Seminario Mayor, a penas se pudo colocar en uno de los lugares especiales para uso de discapacitados, con el fin de no ser empujada y manoseada por quienes utilizan este servicio.